Ese famoso aparato invento de los nativos australianos, cuya singular forma permite a quien lo lance al aire, de la vuelta regresando al mismo punto de partida, es decir a la misma persona que lo lanzó. Esta característica del boomerang ha permitido resumir y graficar un hecho que ocurre en la vida de todos, las consecuencias de nuestros propios actos, buenos o malos, siempre repercuten en nosotros mismos, positiva o negativamente. El efecto búmeran ocurre todo el tiempo, tarde o temprano...
A nivel individual es fácil entenderlo y tomamos cuidado cuando vemos las consecuencias negativas hacia uno mismo y obviamente emprendemos acciones cuyos resultados son beneficiosos bajo nuestra propia escala de valores, deporte, estudio, trabajo, dinero, lujo, placer, etc. A nivel familiar, por los mismos vínculos sanguíneos o afectivos, similares patrones de crianza y formación, se crean ciertos principios, valores y objetivos comunes donde existen desde cuidar el simple prestigio del apellido, el honor de la familia, a veces oficios o profesiones heredadas de padres a hijos, hasta empresas familiares generacionales fundadas por algún ancestro y cuidadas y administradas por sus descendientes. Las familias son en resultadas cuentas, pequeñas organizaciones.
Y a nivel grupal, comunal o social, ¿qué tan claro lo vemos?, ¿qué tan identificados estamos? ¿qué tanto perseguimos objetivos comunes?
Por definición, la familia es el núcleo de la sociedad, y entre éstas guardan ciertas costumbres comunes que le dan cierta unidad y homogeniedad, adquiriendo una ideosincracia, una cultura, un arte, una forma propia de ser, la cual no tiene ninguna influencia étnica, ojo a esto último, pensar en que la raza influye en la ideoscincracia o cultura de su pueblo, es realmente ser racista, pero es otro tema. Lo más importante de no existir influencia racial en cualquier comportamiento social, es que cualquiera tiene la capacidad de aprender y practicar costumbres de la sociedad en la cual se encuentre viviendo, sea cual fuese la edad en que se llegó a residir en dicha sociedad.
¿Ya se ve por dónde va el tema?
Aceptándolo o no, hace 20 años, eramos dekasegi y aunque existan algunos pocos por ahí hoy en día, esos que andan en bicicleta, solo cocinan y comen en casa, gastan quinientos yenes a la semana en sus dvd de programas de televisión en españo y el resto los consigue pasados de semanas anteriores, tiene un aparato reproductor de dvds de fabricación china, cinco mil yenes, monoaural todo formato incluso piratería y en un televisor que si no es regalado es comprado en un risaikuru o tienda de segunda mano, son esos que usan el número telefónico de algún cercano para que lo llamen de su país en caso de serias emergencias o a lo sumo tienen un prepago modelo tamal o ladrillo, que gasta medio kado telefónico de llamadas internacionales a la semana para hablar con los suyos en casa y cada 15 días su combo en la internet de 3 horas a mil yenes, gaseosas y bebidas calientes cuantas veces uno quiera incluído. Desayuna, almuerza y come todos los días la idea de juntar rápido la cantidad de dinero ya determinada y regresar pronto a su casa, su familia, sus amigos, su lugar.
Aparte de esos pocos dekasegi que están de paso por Japón, está la gran mayoría, los que ya compraron casa, los que tienen a sus hijos acá, los que llegaron niños y crecieron, los que se acostumbraron y viven acá al ritmo de vida y los más y más pintorescos, los desubicados, los que se quejan que ya no ahorran para poder irse pues solo les alcanza para vivir…pero con carro nuevo financiado a cinco años, televisor plasma, reproductor dvd con disco duro, ipod, laptop, internet hikari (fibra óptica), celular última generación con plan LL e internet, estrenando ropa de marca cada sábado por la noche en alguna discoteca con un trago en la mano, 150 gramos de oro mínimo encima, cortando la resaca el domingo con el clásico ceviche en el restaurant de su agrado o pedido delivery a la señora que trabaja y vende productos en la fábrica, con crédito hasta el día de pago. Desubicados o no, la gran mayoría dejó de ser dekasegi para ser inmigrantes, migrantes, residentes voluntarios e indefinidos en estas islas. Ni que decir de los desubicados que viven con lujos acá y sus hijos son criados por los abuelos allá por una cómoda cuota mensual.
Por la cantidad que somos y tiempo en el que comenzamos a llegar a estas islas, somos comunidad, en pañales, muda, coja o manca, pero comunidad al fin, sin instituciones representativas ni líderes que trasmitan y sepan hacer visualizar al resto los alcances progresivos en beneficio de la comunidad misma encausando determinado objetivo, somos una comunidad menos organizada que otras comunidades de compatriotas en otros lugares del mundo, por ejemplo, en Los Angeles, California, existe desde hace muchos años, la cámara de comercio peruana californiana…huelgan comentarios.
Nuestra falta de aceptación como residentes, como comunidad foránea que ya convive dentro de otra comunidad, mayoritaria, receptora, dueña del lugar y con costumbres comunes que no se pueden evitar no hacer si uno convive entre ellos, esa falta de aceptación decía, nos hace perder fuerzas y ganas de establecernos como comunidad extranjera residente organizada y así fortalecer vínculos con la comunidad anfitriona, mejor dicho, integrarnos.
¿Y por dónde pasa la ley del búmeran en todo esto?
Pues en todos los cambios del gobierno central hacia nosotros, para presionar en todos y cada uno de los extranjeros en Japón, el pensar y evaluar la posibilidad de retonar a sus países.
En los últimos tiempos se han venido tomando medidas que algunos califican de xenófobas, por un lado el departamento de migraciones se puso más extricto, la buena conducta acá es ya un factor determinante, hoy cruzan información migraciones y la policia, desde poco más de un año exigen un nuevo documento que ya todos conocen, el certificado de antecedentes policiales en el país de origen, ahora último también están comenzando a exigir estar al día tributariamente con la municipalidad, con el pago del impuesto a la residencia, es de esperarse que las exigencias aumenten y sigan los impuestos vehiculares, el kokumin hoken o seguro nacional, el colegio de los hijos, en el futuro y con cierto grado de exageración, sarcasmo o ironía, nos exigirán estar al día en los consumos de luz, gas, agua y desague, teléfono NTT, celulares, multas de tránsito y compras al crédito.
Coincidentemente se ha incrementado el impuesto a la residencia cuatro veces más respecto al año anterior, un suspicaz se atrevería a decir que silenciosamente se pusieron de acuerdo para presionar a pagar este abusivo cobro, pues ante la queja de quienes se acercan al municipio a pedir una revisión o explicación al aumento y lo imposible de poder pagarlo, el municipio solo acepta fraccionar el monto en cuotas mensuales, pero no hay error posible, no hay revisión alguna ni disminución del impuesto y mucho menos explicación satisfactoria. Calla y paga nomás si quieres vivir en Japón, es el mensaje subliminal.
El shakai hoken obligatorio también es contradictorio en su esencia misma, pues es de carácter voluntario y opicional aportar a determinado plan estatal o privado de seguro médico y/o jubilación según nos parezca mejor a nuestro criterio, por cierto, para que un extranjero reciba los dividendos de sus aportes al sistema de jubilación en Japón, debe en primer lugar haber aportado 25 años mínimo y los recibirá a partir de los 65 años de edad, no existe jubilación adelantada como en otros planes de jubilación privados. Además si alguien se retira y gestiona la devolución de sus aportes por irse del país, es una miseria lo que se devuelve, algo así como el monto de un año de aportes, así haya aportado de 3 a 24 años, ni que decir el que comenzó a aportar a los 45 años pues tendrá que aportar hasta los 70 años de edad para poder recibir dividendos.
Un comentario personal de un funcionario gubernamental japonés es limitar el tiempo de estadía de los extranjeros que vienen a Japón como dekasegi a no más de cinco años, tiempo suficiente a su parecer para ahorrar un buen dinero y regresar a sus respectivos países.
Existe una atmósfera enrarecida con un sutil olor a que no quieren convivir con nosotros ya, algunos quieren disfrazarlo como xenofobia, pero son en realidad consecuencias de nuestros actos, de no aceptar que ya no somos dekasegi, que debemos integrarnos a esta sociedad sin perder la identidad de nuestros orígenes, que requerimos organizarnos como comunidad y dar una buena imagen, que debemos dar el siguiente paso antes que nos boten, integrarnos. Una basura mal reciclada, un estacionamiento ajeno ocupado “un ratito”, una fiesta en casa a las 3 de la mañana, la evasión de pagos de seguros, impuestos o servicios domésticos, los que manejan sin brevete, algunos jóvenes pirañas por ahí, otros no tan jóvenes pero de iguales mañas, comerciantes supuestamente honestos involucrados, gente que compra cosas robadas, y hasta el horrendo crimen perpetuado en Hiroshima, de una u otra manera, en mayor o menor grado, son actos hostiles grupales que hemos “lanzado al aire”.