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Hace unos días atrás, en una de mis incursiones nocturnas por Miraflores, me encontré en un casino con una tía, tras años de no verla, se sintió descubierta y lógicamente me dio una serie de explicaciones de su presencia en el lugar, cosas como que estaba de pasada y que muy de vez en cuando asistía a esos lugares solo a acompañar a alguien; situación un poco incomoda para ella, pues en mi caso, luego de varios años de permanencia en el Japón, el asistir a un casino o tragamonedas es parada obligatoria de un itinerario vacacional, pues los juegos de azar constituyen parte de la diversión nocturna limeña. Pero dejando de lado las justificaciones, lo cierto es que para muchísimos nikkei, la pasión por el juego es algo que ha venido de generación en generación, un motivo de agrupación tan antiguo como el tanomoshi y un pasatiempo que amenaza con modificar nuestras vidas, porque el dinero, tan escaso en nuestro medio, puede perderse en instantes.
¿Quién no recuerda a grupos de personas reunidas alrededor de una mesa jugando a las cartas, entre los cuales, además de amigos de la familia estaban posiblemente un oji o una oba, o papa o mama o tíos o primos; o haber oído medio en serio, medio en broma, comentarios acerca de los antiguos isseis que realizaban maratónicas jornadas reunidos bajo un mismo techo, casinos en mano, durante tres o cuatro días seguidos, apostando el dinero de la época o posiblemente patos, pollos, cerdos o la cosecha del momento?.
Enmarcados entonces dentro de ese contexto, actualmente la tecnología y la legalidad han puesto a disposición de nosotros la diversión al alcance de nuestras manos, ya que encontramos bingos, tragamonedas y casinos donde sea y a la hora que sea, cosa que antes no había y estaba "prohibido" situación que lo hacía posiblemente más excitante y que aun se refleja cuando entre conocidos nikkei se encuentran bajo el mismo techo de un salón de juegos, amén de aquellas nesan que a pesar de sus miradas esquivas tratan de no distinguir conocidos, familiares o amigos de entre la multitud y que con el correr del tiempo y la constante concurrencia a dichos lugares, han aprendido a superar el temor al "¡que dirán!" tan frecuente en nuestra colectividad nikkei.
Es decir que de lo que era prohibido, osado y excitante, se ha pasado a algo que es normal y legal en nuestros días, ya que inclusive muchos casinos cuidan la salud mental de sus clientes evitando convertirlos en ludópatas con recomendaciones como: "los juegos de azar realizados constantemente pueden ser dañinos para la salud según Art51 de la ley 27796".
Y lo más preocupante aun es que a través de mi experiencia dekasegi he podido ser testigo presencial de que muchísimos compatriotas han exportado estos terribles hábitos al Japón, cayendo en las terribles garras del Pachinko, pasatiempo nacional japonés, el cual ha destruido la economía de muchísimas personas en un país en donde se supone uno va a trabajar y a ahorrar, siendo lo peor del caso que si se cayera en esta enfermedad del siglo XXI: ¿se encontraría acaso forma de superarla en un medio como lo es el japonés o habría acaso algún tipo de apoyo psicológico-emocional en las comunidades dekasegi?.
O como en el caso de mi tía o miles (¿acaso millones?) de personas como ella que vivimos en una ciudad como Lima: ¿cual es la delgada línea que separa al jugador de fin de semana (jugador social) del jugador empedernido (ludópata)?.
Aquella línea divisoria es tan controversial como las teorías clínicas que muchos especialistas en el tema se aventuran a lanzar acerca de la ludopatía.
Lo cierto es que todos tenemos la necesidad de creer en el azar, de depositar esperanzas en alguna maquina o partida de cartas para convencernos a través de un juego con posibilidades remotas de ganar, de que el azar puede llegar a desafiar la lógica y que podemos de cuando en cuando presenciar verdaderos "milagros" que modifiquen nuestro razonamiento diario, provocándonos descargas de emoción y nos sumerja en un mundo de ensueño, aunque sea por unos momentos, permitiéndonos escapar de la realidad y nuestros problemas cotidianos.
El único problema de vivir sumergido en este hermoso ambiente de luces multicolores y expectativas venideras es que el dinero (cruel como siempre) ciertamente en algún momento se llega a terminar y corta de forma brusca aquel éxtasis en el cual encontré aquella noche a mi tía, quien luego de conversar unos momentos acerca de Nihon y la familia, me pidió prestado algunos billetes y me aseguro que en la próxima remesa que le envíen me los devolvería.
Mientras espero, me dedico a escribir artículos como este.

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