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Ida y vueruta PDF Imprimir E-Mail
Autor Felix Toshi   
Friday, 21 de March de 2008

La prima de mi madre quería saber cómo comprar un billete de ida y vuelta Lima-Chancay-Lima. Para eso fue a casa de Yasúo, que entonces tenía la fama de que era el mejor hablador en castellano de toda mi familia de emigrantes que se instalaron en el Perú.

Ella había llegado pocos meses antes y ese domingo decidió ir a la ciudad de Chancay, a visitar a unos familiares que allá vivían como peones de una hacienda algodonera…

Mi primo Yasúo le explicó al detalle de todo lo que tenía que hacer y decir para comprar su billete.

Y mi tía, con las explicaciones en la memoria partió a la estación del ferrocarril de Los Desamparados…

Por el camino, pensando en las dificultades del castellano, avanzó por el jirón de La Unión. Miraba vitrinas de zapaterías de elegancia italiana, bazares de telas importadas de Europa, casas de los cortes más refinados. Sucursales que las grandes tiendas parisinas tenían en Lima con vidrieras llenas de tantas cosas para comprar. Carteras, abrigos… Lujos de modistas que, en esos tiempos, no podían imaginarse en Okinawa. Sedas de la India, telas de mil colores, vestidos con enloquecedores estampados… Por esas vitrinas lujosas de la vieja Lima de antaño empezó a sentir nostalgia, el mal de país. Recordó el riachuelo que pasaba frente al pueblo, la roca como una isla rodeada de aguas cristalinas, y unas lágrimas se asomaron a sus ojos perdidos en los recuerdos de esa pobreza que caminaba con los pies descalzos, la miseria de esos tiempos que la empujaron a convertirse en una emigrante de Okinawa en el Perú.
- Ahora estoy en Lima, se dice, en ese domingo en que había decidido dar un pequeño viaje de visitas a Chancay.
De vitrina en vitrina, con los ojos perdidos entre los juguetes que ni siquiera soñó en su infancia que pudieran existir, cochecitos, muñecas, y llegó a La Plaza de Armas para cruzarla y a los pocos minutos entró a la estación de tren. Al pararse frente a la ventanilla de pasajes no supo qué decir. Recordó que el primo Yasúo le recomendara: Que por el camino no dejara de ir repitiendo las palabras que le enseñó en castellano. Para que no las olvide. Pero allí, frente al vendedor de tiques no recordaba esas palabras que debía tener en la memoria.
El empleado de la compañía ferroviaria, desde su ventanilla la miró sonriendo. Ella empezaba a ponerse roja. ¡Qué vergüenza! Pero la sonrisa del hombre con su quepí azul, con su casqueta de ferroviario, la animó a exclamar:

- Chucuchú Chancay chucu-chucu Lima.

Y puso sus monedas sobre el pequeño mostrador de la billetería y el empleado, sin abandonar su sonrisa le entregó los billetes de ida y vuelta, repitiéndole lo que ella había exclamado: “Chucuchú Chancay chucu-chucu Lima…

              Y mi tía, con la alegría de su vida, se fue sonriendo de oreja a oreja hacia el tren, diciéndose en silencio: Ya saberu yo compurar ida vueruta Chancay Lima…

 

Modificado el ( Friday, 21 de March de 2008 )
 
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